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Día Mundial de la Justicia Social

Febrero 20 de 2017

Codacop

Eugenio Guerrero

 

El 20 de febrero fue Declarado por Asamblea General de las Naciones Unidas como “EL DIA MUNDIAL DE LA JUSTICIA SOCIAL”, Declaración que se hizo a través de la Resolución 62/10 del 26 de noviembre de 2007.

En consecuencia, el 20 de febrero de cada año se tiene señalado como el  día mundial de la Justicia Social, en reconocimiento a que es un “principio fundamental para la convivencia pacífica y próspera dentro y entre las naciones”, en el entendido que el “desarrollo social y la justicia social son indispensables para la consecución y el mantenimiento de la paz y la seguridad de las naciones y entre ellas, y que a su vez, el desarrollo social y la justicia social no pueden alcanzarse si no hay paz y seguridad o si no se respetan todos los derechos humanos y las libertades fundamentales”, tal como se expresa en los considerandos de la Resolución.

 

La Asamblea General de la ONU hizo esta declaración para llamar la atención sobre el grave problema que sin duda genera la “injusticia social”, más en el escenario de las economías globalizadas y frente al evidente riesgo del agotamiento de los “recursos” naturales y colectivos, los que son finitos y muestran ya su agotamiento acelerado, y también para invitar  a los estados y a sus gobiernos, a tomar medidas encaminadas a promover actividades concretas que se ajusten a los objetivos y metas de las cumbres mundiales sobre desarrollo social, contenidas hoy en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en un claro reconocimiento de que el mercado no permite el reparto justo de los beneficios y que por lo mismo es necesaria la intervención del Estado.

Meses después, el 10 de junio de 2008, la Organización Internacional del  Trabajo, OIT, en el marco de la nonagésima séptima (97) reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo, adoptó la “Declaración de la OIT sobre la Justicia Social para una Globalización Equitativa”, en la que se refleja un “amplio consenso acerca de la necesidad de una fuerte dimensión social en la globalización en post de mejores resultados y que estos se repartan de manera más equitativa entre todos”, de modo que se constituya, según se dice en la misma declaración,  “en una brújula para la promoción de una globalización equitativa basada en el Trabajo Decente, así como una herramienta práctica para acelerar el progreso en la aplicación de la Agenda de Trabajo Decente a nivel de país. Asimismo, refleja una perspectiva productiva que destaca la importancia de las empresas sostenibles para la creación de más empleo y oportunidades de ingresos para todos”.

Como puede advertirse, los distintos organismos de la ONU muestran una fuerte preocupación por las dinámicas del modelo de desarrollo, signado por la acumulación y el ánimo de lucro. Con todo, una cosa es lo que se dice por los estados y los gobiernos en tales escenarios y otra muy distinta la que finalmente hacen en sus países, pues lejos de incorporar tales decisiones en sus economías nacionales, lo que ofrecen son mayores ventajas al capitalismo en su fase de acumulación financiera, sin tomar en consideración que lo que está en juego, es precisamente el proyecto de humanidad, de civilización y la vida misma como dato biológico si se quiere.

La justicia social se refiere a la necesidad de un reparto equitativo de los bienes sociales, de la participación de todos y todas en el reparto de los beneficios económicos, sociales, culturales y de conocimiento que se generan en una determina formación económico-social, con plena garantía de los derechos humanos y la superación de toda forma de discriminación fundada en cualesquiera motivo. De ahí que podríamos pensar que una sociedad con justicia social, es aquella en donde se garantizan plenamente para todos y todas, los derechos humanos integrales y se ha superado definitivamente la pobreza, la exclusión y la discriminación.

Con todo, la justicia social hoy también exige relacionarnos de otra manera con el entorno natural, otra forma de ser y estar con y en la madre tierra. Ello implica una radical transformación del proceso productivo, pensando ya no en la acumulación y el crecimiento económico sino en un “buen vivir” de las personas. La ONU reconoce que el patrimonio natural y los bienes colectivos son finitos y que debe haber una corresponsabilidad intergeneracional, que debemos legar un mundo habitable para las próximas generaciones. Pero tal reconocimiento también nos devuelve su fracaso, pues nunca como ahora la injusticia social había sido tan absurda, odiosa y desesperanzadora.

Acaba de conocerse un informe elaborado por Oxfam para el Foro Económico Mundial celebrado en la última semana del pasado enero en Davos, Suiza, en el que participaron los más ricos del mundo, los “dueños” del mundo (estados y empresarios), informe en el que se aborda el tema de la concentración del ingreso y la riqueza mundial, la desigualdad y la pobreza. Allí se puede ver cómo, los ocho (8) individuos más ricos del mundo, concentran tanta riqueza e ingreso como la mitad de la población mundial, esto es, que 8 personas tienen el mismo ingreso y la riqueza de 3600 millones de seres humanos. Pero que además, entre 1988 y 2011 el ingreso del 10% más pobre de la humanidad creció menos de 3 dólares al año, mientras que el 1% más rico vio aumentados sus ingresos 182 veces más.

Como el modelo es global, Colombia no escapa a sus dinámicas y ofrece un panorama también muy odioso de la concentración del ingreso. En nuestro caso, el coeficiente GINI de pobreza está en 0,56, en donde 0 es igualdad total y 1 es desigualdad total, al tiempo que en la misma métrica, en cuanto a concentración de la propiedad de la tierra el índice de GINI es de 0,87. Somos el tercer país del mundo más inequitativo en materia de ingresos, el segundo de América Latina y ocupamos el deshonroso primer lugar en desplazamiento forzado. Pero además, la brecha de desigualdad entre la vida urbana y el mundo rural es francamente desolador. Los ingresos de los habitantes del campo son apenas de una tercera parte respecto al de las ciudades, mientras que el atraso relativo podría alcanzar las tres décadas. Cerca de un tercio de la población de Colombia mal vive en el campo, abandonado de la sociedad y del Estado, sufriendo todas las violencias, el despojo y el desplazamiento forzado, siendo las más afectadas las mujeres, las comunidades negras y los pueblos indígenas, sectores poblacionales que sin duda son los pobres entre los pobres.

Estas cifras simplemente muestran que estamos muy lejos de la justicia social, que por el contrario, la injusticia social es nuestra realidad, y que aun así, en medio de los diálogos con la insurgencia, lo que primero se impuso fue excluir cualquier consideración sobre el modelo. Es decir, que el modelo excluyente, injusto y criminal que se impone, y que fue la causa de surgimiento de la insurgencia, no permite ser considerado y mucho menos reformado. De ahí que la “paz”, si como dice la ONU necesita de la justicia social, muy probablemente no resulte tan estable y mucho menos duradera. La exclusión y la pobreza son ya un ejercicio institucionalizado de la violencia, y si a ello se suma la destrucción acelerada y criminal del entorno natural, tendremos que concluir que el tratamiento de los síntomas es al revés de la curación definitiva.

Mucho discuten los economistas si el verdadero problema es la pobreza, la desigualdad o la concentración de los ingreso y de la riqueza, en el sentido de que una sociedad con alta concentración sería viable si no tuviera pobreza. Sin embargo, ya hemos visto cómo la odiosa desigualdad pone en cuestión las bases mismas del Estado de Derecho e interpela las promesas incumplidas de la democracia, al punto que las sociedades pueden optar por salidas populistas y autoritarias. La vuelta de tuerca hacia los fundamentalismos de derecha en la política mundial en plena era del pensamiento “twitter”, con seguridad obedece a que el modelo va formando en todos los  países, élites económicas muy parecidas a las élites de los países más ricos, mientras que empobrece a amplios sectores sociales muy parecidos a los pobres de los países más pobres del mundo.

Caminamos hacia el abismo con los ojos bien abiertos, mientras destruimos la única casa común en la que habitamos. Tal vez las próximas generaciones tengan otra oportunidad y entiendan la estupidez concupiscente de una época en la que la humanidad, en especial los “dueños del mundo”, fueron capaces de dar rienda suelta al thanatos de su propia destrucción.